
La muerte a veces sienta tan mal que ni siquiera te deja tiempo para mandar un whatsapp a los de ahí fuera. "Oye, que me he muerto". Algo así le debió ocurrir a José Luis Martín Vigil, que se largó hace un año y ni lo tuiteó ni nada, no fuéramos a enterarnos. Y eso que él era imbatible en la comunicación 2.0. Su empeño por devorar el presente, por no quedarse atrás, le sirvió para seguir conectado al mundo desde aquel ático junto al Retiro en el que tantas tardes pasé. Sí. Tantas.
Hoy, la prensa se ha hecho eco retumbón del teletipo urgente; del scoop de una muerte no anunciada. Nunca antes había leído una esquela así de caducada. Como él escribió, y perdón por la
boutade, con ese cierto olor a podrido. No debe molar nada que te sacudan el botafumeiro cuando tú ya estás a otra cosa. Pero supongo que hoy no había otro cadáver más exquisito para rellenar el folio en blanco de las necrológicas:
-¿La ha palmado alguien gordo?
-Qué va.
-Pues tira de archivo.
Así hablan los periodistas.
En el segundo cajón de la mesilla guardo un paquete lleno de cartas. En una caja comprada en los chinos guardo un paquete lleno de cartas. En una carpeta forrada con fotos de Kurt Cobain guardo un paquete lleno de cartas. Hay cientos. Todas de Martín Vigil. Las que yo le mandaba quizá hayan desaparecido. Quizá no.
Cuando adolescente, cuando creía que la vida era un cúmulo de soplos al corazón (luego ha resultado ser así), me leí todos sus libros de modo casi compulsivo. Los que se convirtieron en
best sellers, los que eran folletines y los que comían polvo en la sección de novedades. El ansia por crecer más rápido me llevó un día a la puerta de su casa. Nada sabía yo de su presunta rara vida. Nadie me lo contó y nada me habría importado. Mis escasos 15 años no daban para pensar mal de alguien que, con amor, con devoción y con inteligencia desbordante, me iba regalando las llaves de la madurez. Una a una. Y frenaba mi ansia por crecer más rápido.
No debería arrepentirme de haber cortado el cordón cuando ya no lo necesitaba. Aun así, lo hago cada día. Cosa absurda, porque él ya sabía que ocurriría. Por eso, me dejó volar y ni siquiera me preguntó a dónde iba. No le hacía falta.
Martín Vigil fue mi abuelo epistolar, mi Iturrioz antes de que yo supiera de árboles barojianos. Gracias a él ahora estoy aquí y ahora escribo estas líneas. Y gracias también a mis padres, que más de una vez me dejaron en la puerta de su casa y esperaron pacientes a que charláramos él y yo. Seguramente, ellos sí sabían de su presunta rara vida. Nunca me lo contaron y nunca les importó.
Abuelo, tú no hagas caso de lo que diga la prensa. Pero, para otra vez, avisa.
P.D. Esto lo he escrito a cuento de esto otro:
http://www.elmundo.es/elmundo/2012/01/09/cultura/1326124036.html?cid=GNEW970103P.D. 2. Como os gusta eso de "cura maldito". Malditos curas.