
La vez que vi una foto de Mark Twain escribiendo en la cama decidí que en tal gesto se encontraba la clave de la inmortalidad: en esperarla tumbado.
Desde entonces no hay quien me saque del pikolín: donde antes sólo dormía, soñaba y (a veces) hasta sacudía las gónadas, ahora escribo, ingiero líquidos y envío solicitudes de amistad. Fumar no fumo porque leí que un día alguien ardió entre las sábanas, calada va, calada viene, víctima de una combustión veloz azuzada por las plumas de dodo transgénico del edre(do)dón de Ikea.
Y eso no es nada inmortal. Más bien mortal. Más mal.
Aunque de momento no he notado ningún síntoma de vida eterna, sí me han crecido los bigotes (como a Twain) he escrito un libro (como Twain no, peor) y he descubierto que en Facebook hasta Twain puede ser tu amigo (aunque él nunca actualiza su estado porque su estado ya se sabe).
Aquí os espero poniendo un huevo.
Me dio la tos y puse dos.
Lo último es de Gloria Fuertes pero el resto es mío.
P.D. Artículo publicado en EL DODO, revista literaria digital de sátira y cultura por amor al arte.